Reír de nosotros mismos (sin dañarnos)
Sobre la autoironía como libertad —y sobre el precio de confundirla con un armazón.
Escrito por David Oliva y publicado el 9 de marzo de 2026. Extraído de Civis Et Homo
Confieso de entrada que éste es, probablemente, el artículo que más me desnuda de todos los que he escrito hasta ahora. Y mira que hemos hablado, en este blog, de fragilidades, silencios y mapas que no tenemos. Pero hoy toco un nervio que hasta hace poco me atrevió a tocar: el del humor como refugio. El de reír por no llorar, sí, pero sobre todo el de reír por no tener que decir quiénes somos de verdad.
Si te apetece, acompáñame. Pero les aviso: hoy no vengo a hacer gracia. O quizás sí, un poco. Porque, al fin y al cabo, ¿de qué hablaríamos si no?
El niño que descubrió un superpoder
Todos conocemos a ese niño. Quizás lo tuviste en clase, quizás lo erais vosotros. Un niño delgado, sensible, cuya constitución no le ayudaba mucho en un patio donde la ley era la del cuerpo más fuerte y la voz más alta. Un niño que crecía en una época -hablo de los años setenta- donde la masculinidad se medía en dureza, y donde cualquier forma de delicadeza era una diana.
Aquel niño, un buen día, descubrió algo: si hacía reír, no le pegaban. Si hacía reír, le escuchaban. Si hacía reír, existía de una forma que no dolía. El humor no era un talento, era una estrategia. Una herramienta de supervivencia tan sofisticada como desesperada, forjada con la inteligencia de un niño de doce años que no tenía otra arma.
Y funcionaba. Vaya si funcionaba. El humor abría puertas, desarmaba hostilidades, generaba una forma de aceptación rápida y casi milagrosa. Aquel niño pasó de ser invisible – o peor, de ser una víctima – a ser el tipo con gracia, el que siempre tenía la réplica, lo que hacía que la mesa fuera más divertida.
Si la historia terminara aquí, sería un relato esperanzador. Pero los superpoderes de verdad vienen siempre con letra pequeña.
Cuando la armadura se convierte en prisión
El problema de las estrategias de supervivencia es que no saben jubilarse. Lo que te salva a los doce años se convierte en un automatismo a los veinte, en un personaje a los treinta y en una cárcel a los cuarenta. Porque el humor que nace de la necesidad de protegerse tiene una particularidad: no se detiene cuando el peligro ha pasado. Sigue funcionando, como un sistema de alarma que ya no distingue entre un ladrón y el cartero.
Y aquí comienza el verdadero coste. Porque el hombre que hace reír a todo el mundo descubre, con el tiempo, que nadie lo toma muy en serio. Que la gracia constante genera un aura de ligereza que hace muy difícil –casi imposible– ser percibido como alguien en profundidad, con criterio, con sustancia. La gente ríe, sí. Pero después se va. No porque sea cruel, sino porque no llega a ver más allá de la fachada. ¿Y cómo podría? Si la fachada está diseñada, precisamente, para que no se vea a través.
Lo sé porque me ha pasado. Relaciones personales en las que el humor servía para conquistar pero no para sostener, porque sostener pide exactamente lo que la armadura está diseñada para evitar: mostrarse en serio. Relaciones profesionales en las que la proximidad y la gracia sustituían a la confianza profunda, y que por tanto no perduraban. Un patrón que se repetía —con variaciones, pero con la misma estructura— como si estuviera condenado a representar la misma obra con diferentes actores.
Y hay algo peor aún, más sutil y más dañino: de tanto practicar la frivolidad, te vuelves. Ya no es que hagas ver que nada te importa: es que dejas de profundizar en serio. En las relaciones, en el trabajo, en las conversaciones, en las lecturas, en todo. El músculo de la profundidad se atrofia de tanto ejercitar lo contrario. Y un día descubres, con un escalofrío, que el personaje no sólo te ha tapado: te ha colonizado. Que lo que era un disfraz ha acabado teñiendo la piel que había debajo.
Aquí alguien podría preguntar: «Pero, a ver, si eres consciente, ¿por qué no parabas?» Buena pregunta. La respuesta es que los mecanismos de defensa son como las elegantes adicciones: no parecen un problema porque todo el mundo a tu alrededor lo disfruta. Nadie te dice «para hacer gracia». Al contrario: «¡Qué gracia tienes!», te dicen. Y tú confundes el aplauso con el cariño.
Dos mecanismos, una misma fuga
Con los años aprendí a reconocer — tarde, demasiado tarde, dirían algunos, pero aquí seguimos — que esa armadura se había sofisticado hasta desplegar dos mecanismos automáticos. Ante cualquier situación, sea una conversación, una reunión, un debate, incluso un simple intercambio en las redes, mi cerebro se disparaba hacia uno de dos sitios.
Lo primero: buscar el comentario ingenioso. No por iluminar nada, no por aportar, sino para obtener el retorno. Hacer gracia, sí, pero no como fin, como medio para conseguir una reacción. Una sonrisa, una «qué buena», un like. Y si la reacción no llegaba, la frustración era desproporcionada porque lo que estaba en juego no era una broma: era la necesidad de ser aceptado.
El segundo: la mirada cínica. La lectura clínica y distanciada de todo. Esa posición de quien se cree por encima porque cuestiona todo sin comprometerse con nada. El cinismo como disfraz de inteligencia. Y aquí es donde la cosa se vuelve realmente oscura, porque llegué a considerar esa actitud una fortaleza. Proyectar una imagen de «yo paso de todo, yo no creo en nada» y sentirme orgulloso. Hasta que un día te das cuenta de que no es fortaleza: es miedo. Miedo a creer en algo y que te duela. Miedo a comprometerte y que no funcione. Miedo a sacarte la armadura y descubrir que hace mucho frío fuera.
Y lo peor de todo: llegar al punto de no aguantarte a ti mismo. Porque puedes engañar a mucha gente, pero no te puedes engañar a ti. Y cuando te miras en el espejo y ves al personaje en lugar de la persona, la cosa huele un terrible olor. Concretamente, huele a mentira. Y la mentira, cuando es hacia uno mismo, no prescribe.
La frontera invisible
Todo esto nos lleva a la pregunta que da sentido a este artículo: ¿dónde está la raya? ¿Dónde termina la autoironía sana, la que nos hace más libres, la que demuestra madurez e inteligencia emocional, y dónde comienza la autoironía destructiva, la que nos va erosionando por dentro cómo el agua erosiona la piedra: sin ruido, sin drama, pero sin pausa?
La distinción, creo, no está en su contenido sino en su función. ¿Reimos de nosotros mismos para conectar con el otro, para rebajar la tensión, para demostrar que no nos tomamos por ningún dios del Olimpo? Esto es sano, y es hermoso, y es necesario. ¿O reímos de nosotros mismos para evitar que el otro llegue demasiado cerca? ¿Para desactivar una emoción que nos da miedo? ¿Por decir «no me importa» cuando nos importa muchísimo? Esto es otra cosa.
La autoironía sana nace de la seguridad. Es la de alguien que se conoce lo suficiente para poder reírse de sus defectos sin sentirse amenazado. La autoironía tóxica nace de la inseguridad disfrazada. Es la de alguien que se burla de sí mismo porque así, si lo hace él primero, el ataque del otro hará menos daño. La primera es un puente. La segunda, un foso.
Y la frontera entre ambas es tan sutil que, a menudo, lo mismo que las practica no la ve. Yo no la vi durante décadas.
Aprender a detectar el mecanismo
Si alguien espera que ahora diga que tuve una epifanía, un momento de revelación cinematográfica con música de piano de fondo y una luz dorada entrando por la ventana, tendrá que disculparme. La vida real no funciona así. La vida real funciona a base de acumulación, de pequeños crujidos que un día suman lo suficiente para que la pared se mueva.
En mi caso, la conciencia llegó cuando, por razones que ya he explicado en otros artículos de este blog, decidí poner en marcha un proyecto personal que me pedía exactamente lo contrario de lo que el mecanismo me había enseñado: escribir con profundidad, con vulnerabilidad, con intención de sentido. Sin gracia como excusa. Sin cinismo como protección. Sin buscar el aplauso rápido.
Y ocurrió algo curioso: el mecanismo no desapareció. Sigue aquí. Se dispara todos los días, en cada conversación, en cada interacción. Pero ahora —y esto cambia las cosas radicalmente— lo detecto. Le veo venir, como quien ve a un viejo conocido por la calle y decide si le saluda o cambia de acera. A veces todavía le saludo, no nos engañaremos. Pero cada vez más a menudo, elijo la acera.
Esto tiene un coste, y sería deshonesto no decirlo. Parte del entorno que había construido sobre el personaje se va alejando, porque ya no les encajo yo a ellos. Gente que me apreciaba por lo que hacía, no por lo que era. Y es curioso: la pérdida de esos vínculos no hace tanto daño como hubiera esperado. Quizás porque lo que se pierde no era real. Y lo que queda, a poco que sea, por fin lo es.
El humor que queda cuando cae la armadura
No estoy predicando contra el humor. Dios me guardo —o el azar, o quien sea que se encargue de estas cosas. El humor es una de las pocas gracias auténticas de la especie humana. Reír de nosotros mismos es una señal de salud mental, de perspectiva, de la capacidad de no tomarnos tan en serio como para creernos imprescindibles.
Lo que intento decir —y lo digo desde el lugar incómodo de quien todavía trabaja— es que existe una enorme diferencia entre el humor que nace de la libertad y el humor que nace del miedo. El primero nos conecta. El segundo nos aísla, por mucho que parezca lo contrario.
Reír de nosotros mismos sin estropearnos no es una técnica, no es un consejo de manual de autoayuda, no es una competencia que se pueda certificar en un curso de tres tardes. Es un proceso — lento, difícil, lleno de recaídas — de aprender a distinguir entre la risa que nos hace más humanas y la risa que nos hace más personaje.
Yo todavía estoy en este proceso. Algunos días me sale mejor que otros. Algunos días el mecanismo gana. Pero cada vez que escribo un texto como éste, cada vez que elijo la palabra sincera por encima de la réplica ingeniosa, siento que ese niño de doce años, el que tuvo que inventarse un personaje para sobrevivir, por fin puede descansar un poco.
Y quizás esto, en el fondo, ya es una forma de humor. Lo más sutil y el más sano de todos: sonreír – no porque te escondas, sino porque por fin no necesitas hacerlo.
✦
«La especie humana sólo tiene un arma realmente efectiva, y es la risa.»
Mark Twain
¿Te ha gustado aprender a detectar tus propios mecanismos de defensa? ¿Quieres más consejos e información general sobre bienestar? ¡Lee más artículos en nuestro blog!
También puedes seguirnos en nuestras redes sociales para estar al día de nuestras actividades: LinkedIn e Instagram.





